¿QUÉ DIRÁN LOS DEMÁS?
Creo que es una de las preguntas que más nos atormenta a lo largo de nuestra vida y, muchas veces, una de las que más decisiones termina tomando por nosotros.
¿Qué dirá mi familia?
¿Qué pensarán mis amigos?
¿Y si se decepcionan?
¿Y si creen que estoy tomando una mala decisión?
¿Y si piensan que soy egoísta?
¿Y si lo que hago lastima a alguien?
¿Y si después me arrepiento?
Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a construir nuestra vida alrededor de las expectativas de los demás.
Yo soy un claro ejemplo de esto.
Durante mucho tiempo he vivido con esa pregunta instalada en mi cabeza. Antes de tomar una decisión, muchas veces no me preguntaba qué quería yo, sino cómo afectaría mi decisión a los demás.
Y cuando una decisión podía incomodar a alguien, aunque fuera la decisión que yo necesitaba, aparecía inmediatamente la culpa.
Porque hay algo que nadie nos enseña: que decepcionar a alguien no siempre significa que estemos haciendo algo malo.
A veces simplemente significa que estamos dejando de hacer aquello que los demás esperaban de nosotros.
Y eso puede doler.
Puede doler muchísimo.
Porque cuando hemos aprendido a medir nuestro valor a través de la aprobación de los demás, elegirnos a nosotros mismos puede sentirse como egoísmo.
Decir “no” puede sentirse como hacer daño.
Cambiar de opinión puede sentirse como fracasar.
Poner un límite puede sentirse como abandonar.
Y elegir un camino diferente al que otros habían imaginado para nosotros puede hacernos sentir culpables incluso cuando, en el fondo, sabemos que lo necesitamos.
Pero ¿qué pasa cuando pasamos demasiado tiempo intentando no decepcionar a nadie?
Que, poco a poco, empezamos a decepcionarnos a nosotros mismos.
Dejamos aquel proyecto porque alguien pensó que no era buena idea.
Nos quedamos en un lugar donde ya no somos felices porque tenemos miedo de lo que pensarán si nos vamos.
Elegimos una profesión porque parecía más segura.
Nos callamos algo para no generar un conflicto.
Decimos que estamos bien cuando no lo estamos.
Aceptamos cosas que no queremos aceptar.
Y un día nos descubrimos viviendo una vida que, desde fuera, puede parecer perfectamente correcta, pero que por dentro ya no se siente nuestra.
Lo más curioso es que muchas veces ni siquiera sabemos exactamente qué queremos.
Porque hemos pasado tanto tiempo preguntándonos qué esperan los demás de nosotros que dejamos de preguntarnos qué esperamos nosotros de nuestra propia vida.
Y quizá ahí comienza una de las partes más difíciles de crecer:
Aprender a escucharnos.
No significa dejar de escuchar a los demás.
No significa volvernos indiferentes.
No significa hacer siempre lo que queremos sin importar las consecuencias.
Significa aprender a distinguir entre escuchar una opinión y obedecerla.
Entre considerar los sentimientos de alguien y hacerte responsable de ellos.
Entre cuidar a los demás y abandonarte para que ellos estén bien.
Porque sí, nuestras decisiones pueden afectar a las personas que amamos. Y algunas decisiones pueden incluso hacerles daño.
Pero no podemos construir nuestra vida intentando garantizar que nadie se sienta incómodo, decepcionado o triste por nuestras elecciones.
Es imposible.
Alguien siempre tendrá una opinión.
Alguien siempre pensará que podríamos haberlo hecho de otra manera.
Alguien quizá no entienda nuestras razones.
Y, a veces, incluso las personas que más nos aman pueden no estar de acuerdo con nosotros.
Eso no significa necesariamente que estemos equivocados.
Quizá crecer también consiste en aprender a tolerar que no todos comprendan nuestras decisiones.
Y, sobre todo, aprender a tolerar que alguien pueda pensar algo de nosotros sin que eso determine quiénes somos.
Durante mucho tiempo creí que necesitaba encontrar la decisión correcta.
Ahora empiezo a preguntarme si, en realidad, necesito encontrar la decisión que sea correcta para mí.
Y no siempre serán lo mismo.
Tal vez la pregunta que tanto tiempo me ha acompañado —“¿qué dirán los demás?”— no tenga que desaparecer completamente.
Tal vez simplemente necesite dejar de ser la primera pregunta.
Antes de preguntarme qué dirán ellos, quiero empezar a preguntarme:
¿Qué quiero yo?
¿Qué necesito?
¿Qué siento?
¿Qué tipo de vida quiero construir?
Y quizá, después de responder esas preguntas, pueda escuchar lo que los demás tienen que decir sin permitir que sus respuestas decidan por mí.
Porque al final, ellos podrán opinar sobre mi vida.
Pero soy yo quien tendrá que vivirla.
Y tú…
¿También has vivido alguna vez preguntándote demasiado qué dirán los demás?
¿Has tomado decisiones pensando más en no decepcionar a otros que en lo que realmente querías?
Si te has sentido identificado con estas palabras, me encantaría leerte.
Cuéntame en los comentarios: ¿cuál es ese “qué dirán” que más veces ha influido en tus decisiones?
Quizá al compartirlo descubramos que no somos los únicos intentando aprender a vivir una vida que, poco a poco, también se sienta nuestra
Escrito por. Diana P. Ortiz C.


Comentarios
Publicar un comentario