CUANDO ÉL SUEÑO NO SE SIENTE COMO LO ESPERABAS
El sueño hecho realidad
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| Ojalá hubiera sabido que no tenía que poder con todo para convertirse en la mujer que soñaba ser. |
¿Alguna vez has deseado tanto que algo suceda en tu vida que, cuando por fin llega ese momento, descubres que lo que estás viviendo no se parece a lo que habías imaginado?
Siento una tristeza profunda al pensar en ello. No es que no me guste lo que hago, ni que lo que hago esté mal. Es algo más difícil de explicar: ese dolor en el pecho que aparece cada mañana sin que consiga encontrar una razón clara.
Es sentir que no puedo con la vida cuando termina la jornada. Llegar a casa agotada, desbordarme emocionalmente y terminar buscando refugio al lado de mi esposo, sin saber muy bien cómo explicarle todo lo que llevo dentro.
Pienso en aquella niña, en aquella adolescente que soñaba con llegar a ser lo que hoy soy. Y me duele imaginar su cara de ilusión frente a la mía, con una expresión que nunca habría esperado encontrar: la de alguien que siente que no puede más.
Recuerdo cuando aquel sueño empezó a hacerse realidad. Tenía tantas ganas de aprender, de crecer, de vivir aquello por lo que había trabajado durante años. Sin embargo, con el tiempo y las experiencias vividas, empecé a descubrir cuánto me afectaba aquella realidad, no solo mentalmente, sino también emocionalmente.
Me hice la fuerte. Me repetí que todo aquello formaba parte del camino, que perseguir un sueño también implicaba sacrificios y que yo podía con todo.
Mi familia siempre me ha animado. Creen en mí, en mis capacidades y en lo que puedo llegar a hacer. Y yo también quería creer. Así que empecé a convencerme de que lo que sentía no tenía que ver con mi profesión, sino con la manera en que la estaba ejerciendo. Tal vez solo necesitaba encontrar el lugar adecuado, adquirir más experiencia o aprender a gestionar mejor mis emociones.
Después de caer una vez, me convencí —y convencí a los demás— de que el problema tenía que ver con todo, menos con mi profesión. Me alejé de aquello que creía que estaba haciéndome daño y volé lejos, buscando una nueva oportunidad. Sin embargo, terminé encontrándome con una realidad que no esperaba: no podía continuar con aquel sueño debido a cuestiones administrativas.
Pero, muy en el fondo, había algo más que empezaba a reconocer. Ya durante las prácticas del máster me había dado cuenta de cuánto me afectaba ejercer. Había señales que quizá no sabía interpretar, o que no estaba preparada para aceptar. Aun así, las palabras de mi familia y de las personas que me quieren me animaban a no abandonar. Y yo tampoco quería hacerlo.
Pasaron tres años aferrada a ese sueño. Tres años imaginando cómo sería volver a ejercer, deseando recuperar aquella ilusión y convertirme, por fin, en aquello que la niña que fui había soñado.
Cuando llegó la oportunidad de volver a intentarlo, empecé con ilusión. Quería que esta vez fuera diferente. Quería demostrarme que podía, que quizá las cosas no habían salido bien antes, pero que ahora sí encontraría mi lugar.
Sin embargo, desde los primeros días, mi cuerpo empezó a hablar de una manera que ya no podía ignorar.
La tensión. El dolor de estómago. La preocupación constante por equivocarme. La necesidad de que todo saliera bien, de revisar cada cosa que hacía, de anticiparme a cualquier problema. La angustia de no saber si estaría a la altura de lo que se esperaba de mí.
Y, poco a poco, aquella ilusión empezó a convivir con un miedo que parecía ocupar cada vez más espacio.
Lo más difícil de todo es que una parte de mí sigue queriendo entender qué está pasando. Porque no es sencillo aceptar que aquello que deseaste durante tantos años pueda convertirse también en una fuente de sufrimiento.
¿Cómo se renuncia a algo que formó parte de tus sueños desde niña? ¿Cómo distingues entre el miedo que necesitas aprender a afrontar y el malestar que te está diciendo que quizá ese camino no es para ti?
Todavía no tengo todas las respuestas.
Solo sé que me duele mirar atrás y pensar en aquella niña que soñaba con llegar hasta aquí. Y también me duele mirar a la mujer que soy hoy y reconocer cuánto le está costando sostener ese sueño.
Quizá, por primera vez, necesito dejar de preguntarme cuánto más puedo aguantar y empezar a preguntarme qué necesito para estar bien.
Aunque todavía no sepa qué significa eso. Aunque me dé miedo la respuesta.
¿Y si lo que me cuesta aceptar no es que ya no pueda perseguir mi sueño, sino que quizá ya no quiera hacerlo de la misma manera?
Escrito por. Diana P. Ortiz C.



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